Beato José de Anchieta, Apóstol del Brasil

La JMJ 2013 que celebró en Río de Janeiro tuvo 5 patronos y 13 intercesores. Entre estos últimos se encuentra el jesuita español José de Anchieta, conocido como “el apóstol de Brasil” y fundador de São Paolo, cuya fiesta se celebra el 9 de junio.

Anchieta nació el 19 de marzo de 1534 en San Cristóbal de La Laguna, (Tenerife). A los 14 años ingresó al Colegio de Artes, anexo a la Universidad en Coimbra, destacando como uno de los mejores alumnos y como un gran poeta. Componía versos latinos con extrema facilidad y era llamado el “Canario de Coimbra”. El 1 de mayo de 1551 ingresó a la Compañía de Jesús y comenzó sus estudios de Filosofía. Debido a una enfermedad (escoliosis) en 1553 partió de Tejo (Lisboa) a Brasil, donde inició su primera labor de catequesis con los indios tupis.

Según el jesuita Lucas López Pérez, “cuando llega a Brasil, los portugueses apenas llevaban 50 años allí, y a él se le atribuye la fundación directa de la ciudad de Sao Paulo”. “También junto a otros fundó la ciudad de Río. Motivos por el que se le considera Padre del Brasil; también lo es en el sentido cultural pues su obra y su literatura es de las primeras que incorpora las lenguas indígenas de la zona”.

[quote_right]a él se le atribuye la fundación directa de la ciudad de Sao Paulo”. “También junto a otros fundó la ciudad de Río[/quote_right]

En 1554, Anchieta tomó parte con el padre provincial Manuel de Nóbrega, en la fundación de una aldeia misional en Piratininga. Allí, el día de la fiesta de San Pablo, se inauguró un modesto colegio. Y éste fue el origen de la actual ciudad inmensa de Sâo Paulo. En aquel colegio enseñó Anchieta gramática tanto a los hijos de portugueses como a los indios. El trato con éstos, y con las familias indígenas que vinieron a establecerse en torno a la misión, le dió ocasión para aprender con toda perfección la lengua de aquella región, el tupiguaraní, en la que escribió varias obras.

A él se debe la primera gramática de la lengua tupí, Arte de grammatica da lingua mais usada na costa do Brazil, impresa en 1595; una Doutrina cristã e misterios da Fé, dispostos a modo de dialogo em beneficio dos indios cathecumenos, que contiene un conjunto de sermones y cantos, poesías y dramas en portugués, latín, tupí y guaraní. Escribió otras obras, entre ellas un poema en 2.947 exámetros, De gestis Mendi Saa, praesidis Brasiliae; Informações e fragmentos historicos (1584-1586); así como un conjunto de poesías en tupí, Jesus na festa de S. Lourenço y Dança que se fez na procissão de S. Lourenço. Éstas y otras obras permiten considerar con razón a Anchieta como el iniciador de la historia literaria del Brasil.

[quote_left]Éstas y otras obras permiten considerar con razón a Anchieta como el iniciador de la historia literaria del Brasil.[/quote_left]

En 1566 recibió Anchieta la ordenación sacerdotal, a los 33 años de edad. En 1567 acompañó a Nóbrega en la fundación de Río de Janeiro. Durante diez años fue rector del colegio de San Vicente, y en este tiempo, no sólo predicó a los portugueses, con gran fruto, sino que se encargó también de evangelizar a los vecinos indios tapuyas, una tribu muy difícil y feroz, también llamada miramoviz. Ayudó al padre Manuel Viegas en la composición de su Gramática de la lengua de los Miramoviz en las misiones del Brasil.

Aprovechando sus conocimientos de la lengua, acompañó a veces a estos indios en sus viajes de caza. Ganó así su confianza, y consiguió que algunos le confiaran sus hijos. Educados en la misión con todo cuidado, estos hijos, ya cristianizados, fueron luego misioneros de sus padres, de modo que muchos de estos indios nómadas, una vez convertidos, se establecieron en varias aldeas en torno a Piratininga.

El intenso apostolado de Anchieta con los indios se desarrolló, a lo largo de su vida, en torno a las dos nacientes colonias portuguesas de Río y de Espíritu Santo. El perfecto conocimiento de la lengua, la carencia absoluta de temor, y el amor inmenso que tenía a los indios, le permitieron siempre mezclarse con ellos con una sorprendente facilidad. En aquellas incursiones no faltaban, por supuesto, situaciones extremadamente angustiosas, pero era entonces, precisamente, cuando el beato Anchieta se veía inundado de una perfecta alegría -como diría San Francisco-, descansando sólamente en el amor providente de Jesucristo.

[quote_right]no faltaban, por supuesto, situaciones extremadamente angustiosas, pero era entonces, precisamente, cuando el beato Anchieta se veía inundado de una perfecta alegría -como diría San Francisco-, descansando sólamente en el amor providente de Jesucristo.[/quote_right]

De 1578 a 1586 fue el padre Anchieta provincial de los jesuitas. A veces, como cuando visitó Pernambuco en 1584, tenía que trasladarse en barco, pero normalmente visitaba su provincia de la Compañía a pie y descalzo, como era su costumbre, aprovechando cuando podía para entrar a los indios. Con sus hermanos jesuitas cumplió su función de superior con suma caridad y delicadeza, atento siempre al bien espiritual de cada uno.

Sabían los jesuitas que nada, ni siquiera sus cosas más íntimas, escapaba al conocimiento del provincial Anchieta, pues, como Jesús, él «los conocía a todos, y no necesitaba informes de nadie, pues conocía al hombre por dentro» (Jn 2,25). Aceptaban, pues, de buen grado sus correcciones, y no sólo porque siempre tenían fundamento real, sino también por la caridad con que las hacía.

Por otra parte, a semejanza de San Francisco de Javier, y de otros misioneros jesuitas de la época, tuvo el beato Anchieta una especial caridad hacia los enfermos, procurando siempre su alivio y servicio. Les velaba día y noche, les cuidaba incluso en los servicios más repugnantes, y hasta tal punto su querencia de caridad le llevaba a la enfermería que, como dice el padre Nieremberg, «cuando alguno le buscaba, no iba a su aposento, sino al de los enfermos, donde le hallaban de ordinario».

[quote_left]«cuando alguno le buscaba, no iba a su aposento, sino al de los enfermos, donde le hallaban de ordinario».[/quote_left]

Así pues, en 1736 Clemente XII proclamó heroicas las virtudes del padre José de Anchieta. En efecto, Anchieta fue hombre penitente, de ásperos cilicios, que apenas dormía, pues prefería emplear la noche en la oración, y que cuando dormía lo hacía sobre una tabla, con un zapato por almohada, o si estaba solo, sobre la tierra, con un manojo de varas como cabezal. Siempre descalzo, hizo a pie muchos viajes apostólicos, y cuando iba con otros, se quedaba a veces rezagado para entregarse a solas a la oración, y luego les alcanzaba con asombrosa facilidad.

Nos cuenta Nieremberg (su biógrafo) que «su oración era continua, porque eran muchas las horas que daba a este santo ejercicio. La noche casi toda pasaba orando, no dando reposo al cuerpo, sino al alma. En las muchas peregrinaciones que tuvo solía llegar hecho pedazos de cansancio, pero no por eso tomaba más descanso que en casa, pasando la noche en oración, como solía. Fuera de esto, la presencia que tenía de Dios era continua, teniéndole presente en todas las cosas y negocios… Ningún lugar, tiempo, ocupación, le apartaba el pensamiento de Dios, y a veces era con tanta intensión, que estando comiendo se olvidaba de la comida»

[quote_right]su oración era continua, porque eran muchas las horas que daba a este santo ejercicio. La noche casi toda pasaba orando, no dando reposo al cuerpo, sino al alma.[/quote_right]

Su pobreza era extremada, y no tenía más vestidos que los que llevaba puestos, y ésos gastados y raídos, siempre los peores de la casa. En su celda nada tenía guardado, tan nada que ni plumas tenía para escribir, y había de pedirlas prestadas cuando iba a escribir algo, volviéndolas luego a su dueño. Ni siquiera quería guardar consigo las cosas que escribía, a veces de gran mérito, y las daba a guardar al Superior, porque él no quería tener nada en posesión. No admitía ningún regalo, ningún don, por pequeño que fuera, y menos aceptaba honores o distinciones, que veía con sincero horror.

Los milagros fueron en su vida innumerables. En una ocasión, estando en la ribera del mar con un Hermano y otros pescadores, él se retiró a un rincón apartado de la orilla, donde estuvo tres o cuatro horas en oración. En este tiempo fue el mar creciendo, pero supo respetar al beato Anchieta sin salpicarle siquiera con sus aguas, de tal modo que cuando fue el Hermano a buscarle, primero le llamó a gritos, y luego hubo de «meterse entre dos montes de agua por el lado que dejaba el mar abierto, y avisó al Padre que era ya tiempo de recogerse». Cuando luego el Hermano manifestó su asombro, el Padre le dijo, sin darle mayor importancia: «¿No sabéis que el mar y el viento le obedecen?»

La escena evangélica de la pesca milagrosa se repitió tantas veces en la vida del padre Anchieta, que los pescadores, y especialmente los indios, «le veneraban con sumo respeto y sentían y hablaban de él como de un hombre a quien obedecía la naturaleza. Y cuando después de muerto querían nombrarle, le significaban diciendo: «Aquel Padre que nos daba los peces que queríamos, aquél que cuando le pedíamos un favor nos sacaba de cualquier peligro y de la muerte misma»

[quote_right]los indios, «le veneraban con sumo respeto y sentían y hablaban de él como de un hombre a quien obedecía la naturaleza[/quote_right]

Cuando el padre Anchieta era ya muy anciano, le ofrecieron los superiores que eligiera lugar para su retiro, pero él no quiso en modo alguno usar de tal licencia.Falleció el 9 de junio de 1597, a la edad de 63 años. Sus restos, con gran solemnidad y amor, fueron trasladados procesionalmente a Espíritu Santo, y en 1611, por orden del padre general Aquaviva, a un sepulcro elevado, junto al altar del colegio jesuita de Bahía. Venerable desde 1617 por sus virtudes heróicas, fue declarado beato en 1980 por Juan Pablo II. En Brasil se le considera fundador de la nación y de la Iglesia local, al mismo tiempo que patrono nacional.

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