Las negaciones del Hombre

«Pedro lo negó otra vez y en aquel momento cantó el gallo» Jn 18, 27.

Muchas veces nos creemos buenos seguidores de Cristo cuando en nuestra labor cotidiana le negamos constantemente. Si bien es cierto que es poco frecuente que nos manifestemos en contra del dogma católico de forma verbal, sí es común viendo que nuestras obras no siguen las enseñanzas de Jesús.

Por nuestros actos nos han de reconocer y, sin embargo, decidimos diluirnos con la multitud. Se nos antoja demasiado pesada la cruz que hemos de cargar y optamos por dejarla a un lado del camino, para que la espalda descanse, para que el cuerpo no se agote. Pero no nos damos cuenta que a cada paso que damos en la Tierra sin cargar la cruz, esta se va volviendo más y más pesada a nuestros ojos. Y esto es porque, una vez que nos alejamos de Dios, nuestras vanidades y el malvado orgullo surgen para evitar que nos acerquemos otra vez a los brazos abiertos de Cristo que nos dan la fuerza para cargar con la misión.

La Palabra hay que meditarla en nuestro interior; hay que adorarla. ¡Pero no hay que encarcelarla! La proyección de la Palabra es la evangelización y esta no puede ser sin los actos. Los católicos somos seguidores de palabra y de hecho; no podemos dejarnos llevar por la corriente de un riachuelo cuando Cristo nos ofrece la mayor fuerza, la mejor resistencia, la fortaleza: su mano. Aceptando la mano que Él nos tiende caminar por sus arduos senderos se convierte en gozosa labor.  Nos convertimos en fieles discípulos de Cristo.

Sin embargo, si se apodera de nosotros el pensamiento imperante en la sociedad, llegamos a acoger en nuestra razón los siguientes versos de Charles Baudelaire (poeta bohemio francés del siglo XIX), fruto del alejamiento maldito, y recogidos en su obra ‘Les Fleurs du mal’ (‘Las flores del mal’): 

CXVIII

EN RENIEGO DE SAN PEDRO

¿Qué es lo que Dios hace, entonces, de esta oleada de anatemas
Que sube todos los días hacia sus caros Serafines?
¿Cómo un tirano ahíto de manjares y de vinos,
Se adormece al suave rumor de nuestras horrendas blasfemias?

Los sollozos de los mártires y de los ajusticiados,
Son, sin duda, una embriagadora sinfonía,
Puesto que, malgrado la sangre que su voluptuosidad cuesta,
¡Los cielos todavía no están saciados del todo!

—¡Ah, Jesús! ¡Recuérdate del Huerto de los Olivos!
En tu candidez prosternado, rogabas
A Aquel que en su cielo reía del ruido de los clavos
Que innobles verdugos hundían en tus carnes vivas,

Cuando viste escupir sobre tu divinidad
La crápula del cuerpo de guardia y de la servidumbre,
Y cuando sentiste incrustarse las espinas,
En tu cráneo donde vivía la inmensa Humanidad;

Cuando de tu cuerpo roto la pesadez horrible
Alargaba tus dos brazos distendidos, que tu sangre
Y tu sudor manaban de tu frente palidecida,
Cuando tú fuiste ante todos colgado como un blanco.

¿Recordabas, acaso, aquellos días tan brillantes, y tan hermosos
En que llegaste para cumplir la eterna promesa,
Cuando atravesaste, montado sobre una mansa mula
Caminos colmados de flores y de follaje,

En que el corazón henchido de esperanzas y de valentía,
Azotaste sin rodeos a todos aquellos mercaderes viles?
¿Cuándo fuiste tú, finalmente, el amo? El remordimiento,
¿No ha penetrado en tu flanco mucho antes que la lanza?

—Por cierto, en cuanto a mí, saldré satisfecho
De un mundo donde la acción no es la hermana del ensueño;
¡Pueda yo empuñar la espada y perecer por la espada!
San Pedro ha renegado de Jesús … ¡Hizo bien!

¿No es esta una de los mayores retratos del pensamiento que hoy día se nos impone a los que nos declaramos testigos, defensores y seguidores de la Verdad? Pues del mismo modo que el sudor corrió por la frente de Cristo, la misma que se vio bañada por su sangre, hemos de cargar nosotros con la cruz, siendo ayudados por los otros y ayudando a aquellos que notamos más débiles para que algún día puedan cargar con la suya, en Comunidad. Y en comunidad andar; caminar por las sendas que Dios nos tiene preparadas, no solo para no negar a nuestro Señor, sino para cantar y predicar su Gloria y su Nombre. Mediante la Palabra y la acción.

Vuestro hermano en Cristo,

San Francisco Javier

Francisco nace el 7 de abril de 1506 en el castillo de Javier, cerca de Pamplona (Navarra, España). Fue el menor de cinco hermanos en la familia formada por Juan de Jasso, doctor en Leyes por la Universidad de Bolonia y presidente del Consejo Real de Navarra y por la noble María de Azpilcueta. El castillo de Javier, bastión defensivo del Reino de Navarra frente a las tierras de Aragón, fue el lugar de nacimiento, infancia y juventud de Francisco, la roca sobre la que forjaría su personalidad enérgica y decidida y su talante generoso y espiritual, que mantendría a lo largo de toda su vida.

A los 19 años, Francisco marchó a París y estudió Filosofía en la Sorbona. Es aquí donde, compartiendo su cuarto con Ignacio de Loyola, y después de un camino de discernimiento mutuo, Francisco es tocado muy profundamente por una frase de Ignacio de la cual no se olvidará jamás, y que determinaría desde entonces el rumbo de su vida: “¿de que sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?”. Francisco elige desde ya ganar su alma y la de muchos. Su intensa amistad con Ignacio de Loyola le llevó a cambiar el rumbo de su vida y a participar con él en la fundación de la Compañía de Jesús junto a otros siete compañeros, grupo de vanguardia y renovación espiritual, y a extender la fe católica hasta el confín del mundo.

[quote_right]”¿de que sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?”. Logró Ignacio que Francisco hiciera los “Ejercicios Espirituales”, guiado por él y quedó transformado por la gracia.[/quote_right]

Ignacio comprendió muy bien esa alma: “Un corazón tan grande y un alma tan noble” -le dijo- “no pueden contentarse con los efímeros honores terrenos. Tu ambición debe ser la gloria que brilla eternamente”. El día de la Asunción de 1534, en la cripta de la iglesia de Montmartre, Francisco Javier, Ignacio de Loyola y otros cinco compañeros se consagraron a Dios haciendo voto de absoluta pobreza, y resolvieron ir a Tierra Santa para comenzar desde allí su obra misionera, poniéndose a la total dependencia del Papa.

Así comenzó la “Compañía de Jesús” aprobada por el Papa. El 24 de junio fueron ordenados sacerdotes, pero la guerra de Venecia y los Turcos hizo imposible la realización del deseo de estos apóstoles de ir a Tierra Santa.

Así pues, abandonada la perspectiva de la Tierra Santa, emprendieron camino hacia Roma, en donde Francisco colaboró con Ignacio en la redacción de las Constituciones de la Compañía de Jesús. Sin embargo, fue a los 35 años de edad cuando comenzó su gran aventura misionera. Por invitación del rey de Portugal, fue escogido como misionero y delegado pontificio para las colonias portuguesas en las Indias Orientales. Goa fue el centro de su intensísima actividad misionera, que se irradió por un área tan vasta que hoy sería excepcional aun con los actuales medios de comunicación social: en diez años recorrió India, Malasia, las Molucas y las islas en estado todavía salvaje. “Si no encuentro una barca, iré nadando” decía Francisco, y luego comentaba: “Si en esas islas hubiera minas de oro, los cristianos se precipitarían allá. Pero no hay sino almas para salvar”.

Llegados a Goa, se ven confrontados a miles de males entre ellos, la peste. Francisco se dedica a dar confianza y a descubrir a todos el amor de Dios, a curar y hasta hacer milagros. Evangelizando jóvenes abre escuelas, colegios, dispensarios, bautiza sin descansar jamás aceptando por amor miles de sacrificios y llevando a todos a la oración y a la conversión.

En 1546, parte Francisco para Amboino, isla en la cual entra hablando y cantando en el idioma popular como si hubiese vivido siempre ahí. Desde allí emprende la visita de todas las islas de Oceanía. Después de esta larga expedición, Francisco decide volver a Goa para encontrarse con sus compañeros llegados a Europa, asignarles el campo apostólico y prepararse para llevar la fe cristiana hasta Japón. En Malaca, en el año 1547, se encontró con Magno, un japonés insatisfecho con la religión que le habían enseñado sus bonzos (sacerdotes Budistas). Magno invitó a Francisco a ir a predicar la doctrina de Cristo a sus paisanos. En abril de 1549 emprendió el viaje hasta Japón junto con su amigo. Adoptando el estilo oriental Francisco conversaba con el pueblo mientras Magno le servía de intérprete. El fue primer occidental que se adentró en el territorio japonés, que visitó sus ciudades, que trató con sus habitantes, vistió su ropa, comió sus guisos, y descubrió y admiró sus costumbres. A través de las cartas de Francisco, Occidente recibió la primera noticia cierta de la existencia de aquel mundo nuevo.

[quote_left]Francisco de Javier fue el primer occidental que se adentró en el territorio japonés. A través de las cartas de Francisco, Occidente recibió la primera noticia cierta de la existencia de aquel mundo nuevo.[/quote_left]

Recorrió Kagosima , Hirado, Kioto, Bungo y Yamaguchi, donde se presentó ante su poderoso daimio, Ouchi Yoshitaka, quien le permitió predicar en las calles de su ciudad. Javier adquirió por ello una gran popularidad entre la ciudadanía y se convirtió en prototipo de la civilización occidental, ignorada hasta entonces en Japón.

Desde Japón, Francisco regresó a India y emprendió una nueva expedición con la idea de adentrarse en el gran imperio chino, el más poblado y poderoso del Oriente, en el que estaba penada con la muerte la entrada de cualquier extranjero. Lo intentó insistentemente pero murió a las puertas de China, en la isla de Sanchuan, cerca de Cantón. Su cuerpo fue trasladado, con veneración y fervor popular a Malaca y posteriormente a Goa.

Uno de los tripulantes del navío había aconsejado que se llenase de barro el féretro para poder trasladar más tarde los restos. Diez semanas después, se procedió a abrir la tumba. Al quitar el barro del rostro, los presentes descubrieron que se conservaba perfectamente fresco y que no había perdido el color; también el resto del cuerpo estaba incorrupto y sólo olía a barro. El cuerpo fue trasladado a Malaca, donde todos salieron a recibirlo con gran gozo.  Al fin del año, fue trasladado a Goa, donde los médicos comprobaron que se hallaba incorrupto.

[quote_right]Diez semanas después, se procedió a abrir la tumba. Al quitar el barro del rostro, los presentes descubrieron que se conservaba perfectamente fresco y que no había perdido el color; también el resto del cuerpo estaba incorrupto y sólo olía a barro[/quote_right]

Fue una travesía larga, que culminó con la llegada a Goa el 16 de marzo de 1554. Dicen los cronistas que fue un acontecimiento realmente apoteósico y multitudinario, en el que decenas de miles de personas daban la bienvenida al cuerpo del misionero, a quien ya el pueblo veneraba como santo a pesar de que la canonización no habría de llegar hasta 1622. En Goa recibía sepultura por segunda vez. En 1613 se trasladó de forma definitiva a la iglesia-basílica del Bom Jesús, en la misma ciudad de Goa, en donde reposa y es venerado desde entonces.

En estos tiempos sedientos de conquistas y de poder, Francisco abrió los ojos, los brazos, y por sobre todo los espíritus, de todos aquellos que recibieron su mensaje evangélico. Su corazón, madurado por 11 años vividos en el oriente, acepta y recibe entonces toda diferencia de cultos, de razas, de civilización, sembrando por donde Dios lo manda, la Buena Noticia del Amor.Mientras esto sucedía, la popularidad de San Francisco Javier alcanzaba cotas insospechables. Eran centenares las curaciones milagrosas que se atribuían, de forma popular, a la intercesión de quien oficialmente todavía no era santo. Y, en consecuencia, la demanda de reliquias era cada vez mayor.

[blockquote]Decenas de miles de personas daban la bienvenida al cuerpo del misionero, a quien ya el pueblo veneraba como santo a pesar de que la canonización no habría de llegar hasta 1622. Eran centenares las curaciones milagrosas que se atribuían, de forma popular, a la intercesión de quien oficialmente todavía no era santo[/blockquote]

El día 3 de noviembre de 1614, se procedía a cortar su brazo derecho desde el hombro, y se llevó a Roma la parte que va desde el codo hasta la mano, y fue depositada en la iglesia del Gesú, conservándose allí desde entonces dentro de un relicario.

El Santo de la amistad, del compartir, de la apertura a los demás, fue canonizado el 12 de marzo de 1622, ya declarado patrón de las misiones. Su fiesta se celebra el 3 de diciembre.